
Sumido en la música, la danza de las flamas y la magia de la noche; así estuve, ensimismado, fluyendo en mis pensamientos con tantas preguntas como respuestas ausentes, en medio de un acto que invitó a la reconciliación, tal vez con nosotros mismos en medio de acontecimientos caóticos que nos llenan de agobio.
De pie, vestido de blanco y sujetando una vela encendida cuya flama batallaba contra el viento, no pude evitar percatarme del juego inocente de varios niños, quienes habitando el mismo espacio de tantos adultos presentes, vivían en su propio mundo, un mundo donde las razones que nos habían congregado, simplemente no existían. En ellos una leve curiosidad, no por las acciones de los mayores sino por los elementos presentes, era evidente y sin percatarse del momento, poco a poco, entre juego y juego, fueron tomando un sinnúmero de rosas que como acto simbólico los adultos habíamos dejado caer con anterioridad. Una rosa en particular llamó mi atención. Se encontraba entre los faroles que en el piso marcaban la palabra reconciliación. Era difícilmente visible, oculta al ojo del espectador, tan tímida como alegre el corazón de los niños. Quise tenerla, conservarla sin saber para qué y sin embargo, la magia más intensa se apoderó del momento, la rosa había desaparecido, tal vez producto del juego infantil, tal vez curiosidad adulta.
¿Quién se llevó la rosa? En parte yo, mi mente la idealizó y mi corazón la hizo suya, y en parte todos los presentes quienes de una u otra forma crearon su historia hasta convertirla en símbolo de un sentimiento claramente presente: La esperanza.
Alejandro Londoño


