Hace algunos días me preguntaron en una entrevista, si me había sentido discriminado por mis preferencias sexuales y la verdad es que en mi etapa adulta, no he experimentado más que palabras necias, de un par de personas manifestando molestia por algún motivo hacia mi persona y no puedo decir que dichas palabras me hayan afectado, tal vez debido a mi carácter y experiencias de vida, que han contribuido a fortalecer mi personalidad. No puedo decir lo mismo de mi infancia cuando mi apariencia y voz delicada confundía a las personas sobre mi género y cuyas preguntas constantes sobre el tema (sin el ánimo de ofenderme), me herían inmensamente, al punto de hacerme dudar sobre la autenticidad de mis genitales.

La primaria fue tal vez la etapa donde la imprudente inocencia de los niños y falta de educación proveniente de sus padres, hicieron que de sus labios nacieran palabras lastimeras, que no solo resonaban en mis oídos, sino que se quedaban en mí, a la vez que me llenaban de inseguridad, miedo y dolor. Dichas emociones estuvieron presentes en mi adolescencia, pese a que en esta etapa de mi vida, era clara la ausencia de acoso o cualquier tipo de maltrato a causa de mi sexualidad, para entonces era yo mi propio verdugo, pues tenía presente los fantasmas del pasado que me hacían sentir observado, juzgado, criticado…
No recuerdo como superé ese momento de mi vida, pero me atrevo a decir que no todas las personas lo hacen y la falta de apoyo, el maltrato y el juicio, les hacen confundir el valor, llenándolos de fuerza suficiente para tomar decisiones que los liberan del dolor y afectan a quienes en público o en secreto realmente los amaron.
El amor es un sentimiento natural que aflora en los seres humanos y carece de género, raza o cualquier otro limitante que podamos naturalizar. El amor es bello en todas sus formas.
Alejandro Londoño

