Definirla podría resultar sencillo; vivirla se convierte en un compromiso de crecimiento, madurez, afecto, lealtad, incondicionalidad y aceptación.
No resulta adecuado idealizar la amistad, ni mucho menos a sus participantes, pues como seres humanos, es innato caer en errores que deterioran nuestras relaciones, aún cuando creemos cultivarlas con afecto.
Cada persona ocupa un lugar en nuestras vidas y nosotros en las suyas. Tal vez nos encontramos como parte de nuestros procesos y sin saber, nos somos útiles durante un periodo especifico de la existencia.
Creamos lazos que desde nuestra conciencia pueden fortalecerse en el tiempo o debilitarse en el mismo, hasta desaparecer por completo, dejando amarguras y sinsabores, y tras de sí, una experiencia de crecimiento que podemos usar para cultivarnos.
Ser amigo consiente es entender que la reciprocidad, no muchas veces estará presente, sea por los demás o por nosotros mismos, y aunque al descubrirlo resulta en frustración y desilusión, no debemos renunciar a cultivar una verdadera AMISTAD.
Alejandro Londoño

